El uso del fuego ya estaba documentado en la cueva sudafricana de Wonderwerk hace 1 millón de años (Ma), cuando un estudio (Berna et al., 2012) identificó restos de vegetales y huesos con huellas térmicas en el estrato 10. Dado que este hallazgo tuvo lugar a unos 30 metros de la entrada de la cueva, es difícil que su ubicación pueda explicarse por restos de incendios naturales llegados accidentalmente, sino que es más probable la intervención humana. Por otra parte, esta cueva es conocida también por la excelente conservación de los sedimentos y los restos arqueológicos, en una secuencia estratigráfica prácticamente continua que abarca desde el primer Olduvayense (1,93 Ma) hasta el Achelense plenamente desarrollado (1,07 Ma). Además, allí se ha documentado la ocupación humana más antigua conocida en el interior de una cueva (Shaar et al., 2021).
Como de costumbre, al hablar del fuego en la evolución humana debemos tener bien clara la diferencia entre el uso oportunista del mismo que comenzaron a hacer algunos homininos hace casi 2 Ma, su mantenimiento y su control extendido. Sin embargo, determinar los umbrales de cada capacidad resulta extraordinariamente difícil. La conservación de las evidencias es escasa y es un reto distinguir entre restos de incendios naturales aprovechados, fuegos mantenidos o transportados, y creación de fuegos por homininos. Asimismo, hay que tener en cuenta que estas capacidades se desarrollarían en momentos distintos en cada región geográfica.

Un nuevo estudio (Marín-Monfort et al., 2026) revela signos de uso recurrente del fuego en los estratos 11 y 12 de Wonderwerk, fechados entre 1,07 y 1,79 Ma, según se ha observado en miles de fragmentos óseos de micromamíferos con alteraciones térmicas. Se han reconocido al menos dos concentraciones diferenciadas de estos restos, separadas varios metros entre sí, que los autores interpretan como posibles focos de combustión. Además de por su antigüedad, el hallazgo destaca por su recurrencia: los indicios aparecen en niveles estratigráficos separados por largos intervalos temporales, sugiriendo que el transporte y mantenimiento del fuego no eran ocasionales, sino que formaban parte del repertorio conductual habitual en aquel lugar. Las primeras cronologías de estos depósitos, en los niveles más antiguos de la secuencia, coincidirían con una fase muy temprana de Homo erectus en la región, donde esta especie aparece al menos hace 2 Ma (el cráneo parcial DNH 134 de Drimolen).
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