Paleoantropología: novedades 3er trimestre 2026

Paleoantropología: novedades 3er trimestre 2026

Cerramos el tercer trimestre del año con la reseña de 34 nuevos trabajos que siguen completando, y en algunos casos cuestionando, nuestra visión de la evolución humana.

  • A partir de moldes cerebrales virtuales de primates actuales y fósiles del Eoceno al Mioceno, Kay y colaboradores (2026) reconstruyen la evolución de la neocorteza y cuestionan que su expansión estuviera impulsada principalmente por un crecimiento desproporcionado del lóbulo frontal. El tamaño de la neocorteza aumentó en paralelo en distintos linajes de primates, con incrementos rápidos en tarsios y antropoides, pero el lóbulo frontal evolucionó gradualmente siguiendo un patrón común de escalamiento con el tamaño cerebral. En cambio, las regiones no frontales de la neocorteza aumentaron rápidamente en relación con el tamaño del cerebro en los haplorrinos. Esta expansión coincidió con un incremento del área del foramen óptico, indicador del flujo de información transportada por el nervio óptico, lo que vincula la intensificación del procesamiento visual con la evolución modular y la expansión de la neocorteza de los primates.
  • Una revisión de Brand-Miller y colaboradores propone que los azúcares de frutas y otros alimentos dulces aportaron glucosa a los primeros homininos, antes de que el procesamiento y la cocción facilitaran el aprovechamiento del almidón. Su modelo destaca la demanda de glucosa de un cerebro cada vez mayor y de los tejidos reproductivos, especialmente durante el embarazo y la lactancia. La hipótesis amplía el papel atribuido a los carbohidratos junto al de los alimentos animales.
  • La reconstrucción virtual del esqueleto facial de StW 573, apodado Little Foot (Beaudet et al., 2026) en comparación con Sts 5 y A.L. 444-2 (Australopithecus) y con grandes simios modernos, sitúa el tamaño de la cara entre el de un gorila y el de un orangután, mientras que la forma se parecía más a la de los orangutanes y los bonobos. El tamaño, forma y dimensiones de las cuencas de sus ojos son más similares a los Australopithecus de África oriental.
  • Se han publicado 18 fósiles de homininos de Drimolen no descritos previamente (Martin et al., 2026), de los que uno se asigna a Homo erectus, 14 a Paranthropus robustus y tres sin asignación específica. El estudio refuerza la idea de que la población de P. robustus de Drimolen es morfológicamente distinta y proporciona evidencia adicional de la presencia de H. erectus en Sudáfrica hace 2,04-1,95 Ma.
  • El examen del hueso alveolar en 71 mandíbulas de distintas especies de homininos entre 5,3 Ma y 2,6 Ma (Ripamonti et al., 2026) pone de manifiesto una frecuencia mucho mayor de destrucción ósea por periodontitis en el género Homo. Los autores relacionan esta diferencia con la progresiva reducción de la mandíbula y del aparato masticador, que habría liberado espacio en la región craneal. En paralelo, mutaciones genéticas habrían conducido a reducir el tamaño de las coronas dentales en los primeros Homo. La periodontitis sería así una consecuencia indirecta de un conjunto más amplio de transformaciones anatómicas, genéticas y funcionales en las primeras especies humanas.
  • Comparando la resistencia ósea del fémur con la del húmero en distintos especímenes fósiles y restos de humanos actuales, Carlsson y colaboradores muestran una fase prolongada en Australopithecus en la que la bipedación terrestre convivió con una utilización todavía habitual de los árboles, seguida por una especialización mucho mayor hacia la vida terrestre en Homo.
  • Hubbe y Harvati (2026) cuestionan que el aumento progresivo del cerebro y la reducción de la robustez facial en el género Homo fueran impulsados principalmente por una selección natural direccional y gradual. A partir del análisis morfométrico 3D de 63 cráneos fósiles y 24 de H. sapiens recientes, agrupados en ocho conjuntos desde los primeros Homo hasta neandertales y humanos modernos, compararon la evolución del neurocráneo y la cara con las predicciones de seis modelos evolutivos. Los resultados se ajustan mejor a procesos de evolución neutral y, especialmente, de estasis y selección estabilizadora, que a una selección continuada hacia cerebros mayores y caras más reducidas. Los autores proponen así que las restricciones evolutivas, las condiciones ambientales y posiblemente comportamientos culturales que amortiguaron determinadas presiones selectivas tuvieron un papel más importante de lo asumido en la evolución de la morfología craneal de Homo.
  • En GaJi10, en la orilla oriental del lago Turkana (Kenia), se han documentado 21 huellas de homininos dejadas sobre una misma superficie fangosa hace aproximadamente 1,43 Ma y atribuidas a ocho individuos (Hatala et al., 2026). Su morfología coincide con la de otras huellas atribuidas a Paranthropus boisei y refleja un pie y una locomoción diferentes de los de Homo, más próximos en algunos aspectos a los de Australopithecus. Suponiendo proporciones corporales semejantes a las de este último género, los individuos medibles alcanzarían entre 130,6 y 180,9 cm de estatura y entre 39,8 y 74,6 kg de masa corporal. Cuatro superarían la mayor estatura estimada hasta ahora a partir del esqueleto de P. boisei y dos, la mayor masa conocida para esta especie. Will et al. (2017) estimaban para P. boisei un promedio de 131,1 cm y un máximo conocido hasta entonces de 161,3 cm. Las huellas parecen corresponder mayoritariamente a machos adultos que se desplazaban juntos, sin indicios de hembras ni individuos infantiles, una composición que los autores relacionan con posibles formas complejas de organización social. La misma superficie conserva además 146 huellas de otros animales: 67 de hipopótamo, 64 de bóvido, 13 de ave y 2 de équido..
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Los denisovanos se multiplican: nuevos fósiles y una historia evolutiva más compleja

Los denisovanos se multiplican: nuevos fósiles y una historia evolutiva más compleja

Durante años, los denisovanos han estado representados por un puñado de fósiles y una historia genética inesperada en el árbol filogenético humano. Hoy sabemos que su distribución geográfica fue muy amplia: desde la cueva de Denisova, en Siberia, hasta el Tíbet, China, Taiwán y Laos. Varios resultados publicados casi simultáneamente en las últimas semanas contribuyen ahora a conocer un poco mejor su complejo encaje evolutivo. Dos de ellos presentan nuevos hallazgos procedentes de la cueva de Bianfu (suroeste de China) y del Canal de Penghu (frente a Taiwán). Los restos de Bianfu proporcionan datos sobre la anatomía y la forma de vida de estos humanos, mientras que los fósiles recuperados en Penghu son un gran avance para conocer el esqueleto poscraneal denisovano, aunque este último trabajo todavía está en revisión por pares. Juntos, estos hallazgos no solo ensanchan el mapa de los denisovanos, sino que empiezan a revelar la diversidad de formas, ambientes y estrategias de subsistencia que pudo existir dentro de este enigmático grupo humano. El último estudio reseñado aporta una reconstrucción genómica de la historia de sus intercambios con otras poblaciones humanas. En conjunto, observando los distintos fósiles denisovanos, separados por miles de kilómetros y por más de 100.000 años, estos trabajos nos hacen reflexionar sobre su enorme diversidad anatómica, ecológica y tal vez hasta biológica.

Comencemos por Rao, Xing, Ruan et al. (2026), que examinaron más de 60.000 fragmentos óseos de mamíferos para localizar restos que pudieran pertenecer a homininos. De los 22 candidatos seleccionados, el análisis mediante ZooMS (técnica que identifica especies a partir de fragmentos de colágeno) señaló tres como pertenecientes al género Homo: dos fragmentos de hueso parietal, bastante gruesos, y la porción proximal de un radio. No pudo recuperarse ADN antiguo, pero sí se pudo hacer análisis proteómico, que identificó la variante del colágeno COL1A2 R996K, compartida con Denisova 3 (falange del dedo meñique de la niña denisovana que reveló la existencia de esta especie) y otros restos denisovanos. Por ello, los tres huesos, junto con dos dientes previamente excavados, fueron atribuidos a este grupo humano. El análisis proteómico de los dientes también detectó péptidos de amelogenina Y, una proteína codificada por un gen localizado en el cromosoma Y, lo que indica que procedían de individuos masculinos.

Los restos humanos proceden de niveles datados aproximadamente entre 167 y 134 ka (MIS 6). El hallazgo más novedoso es el fragmento de radio, de unos 4,5 cm, por el exiguo registro poscraneal denisovano. Probablemente perteneció a un adulto. La cabeza radial (que participa en la articulación del codo) es grande y la orientación medial de la tuberosidad (prominencia en la que se inserta el tendón distal del bíceps braquial) recuerdan a rasgos neandertales, mientras que la forma general y determinadas características de su sección transversal se aproximan más a Homo sapiens. Aunque todavía es imposible reconstruir las actividades que realizaba el individuo, la morfología de su codo apunta a que le habría permitido levantar objetos pesados, como en los neandertales, pero también realizar movimientos ágiles y precisos, como en los humanos modernos. Esta combinación iría esbozando un modelo biomecánico específico de los denisovanos, pero debe contrastarse cuando aparezcan más restos poscraneales. Por ahora no podemos saber si la morfología del radio es la habitual de los denisovanos o puede ser una variación individual.

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¿Cuánto tiempo pasaban nuestros ancestros en los árboles?

¿Cuánto tiempo pasaban nuestros ancestros en los árboles?

Sabemos bien que la bipedación no apareció de una vez en la evolución ni implicó el abandono inmediato de los árboles. Sin ir más lejos, hace poco conocimos que, en el sur de África, la bipedación terrestre sería más constante en Australopithecus, mientras que Paranthropus robustus (posteriores a los australopitecos) muestran una flexión frecuente de las articulaciones del tobillo, la rodilla y la cadera, normalmente asociada a la trepa, y tendrían un repertorio de locomoción más diverso (Cazenave et al., 2026).

Aunque, en general, las evidencias poscraneales de Australopithecus apuntan a que la bipedación terrestre constituía una parte fundamental de su repertorio locomotor, entrando en detalles, es mucho más discutible hasta qué punto esa bipedación coexistía con una utilización habitual de los árboles y, por otra parte, si todos los australopitecos combinaron ambas formas de locomoción de la misma manera. Así, es usual debatir sobre cuánto tiempo seguían pasando estos homininos en los árboles, a partir del estudio de rasgos anatómicos de los australopitecos como los brazos relativamente largos, las falanges curvas o el hombro.

El esqueleto juvenil de Dikika, por ejemplo, combina evidencias claras de bipedación con una escápula y unas falanges compatibles con una importante actividad arbórea (Alemseged et al., 2006; Green y Alemseged, 2012; DeSilva et al., 2018). Una reciente reevaluación de la paleobiología de Australopithecus concluye que eran bípedos habituales aunque conservaban un componente significativo de arborealidad (Alemseged, 2023).

Un nuevo estudio de Carlson et al. (2026) aborda el problema desde una perspectiva interesante: además de su morfología, analiza cómo de resistentes eran los huesos de brazos y piernas en relación unos con otros. La geometría interna de la diáfisis de los huesos largos tiene más plasticidad durante el desarrollo y, en cierta medida, responde a las cargas mecánicas que soporta un individuo a lo largo de su vida. Por tanto, un húmero relativamente robusto no sería simplemente una característica heredada de antepasados arborícolas, sino potencialmente una señal del uso efectivo del brazo para soportar peso, que es lo que sucede al trepar. Si en un hominino se identifica una resistencia relativamente mayor del húmero respecto a los huesos del miembro inferior, esto indica que los brazos estuvieron sometidos durante el desarrollo a cargas mecánicas mayores. En los grandes simios actuales esas proporciones se correlacionan con una mayor utilización arbórea, por lo que proporcionan un indicador indirecto de la arborealidad.

El estudio aporta nuevos datos de dos individuos: el australopiteco Little Foot (StW 573) de Sterkfontein, de unos 3,67 millones de años (Ma), y un Homo temprano de Dmanisi (D3901/D4167/D4507), de 1,8 Ma. Estos datos se integran con los disponibles para los australopitecos Lucy (A.L. 288-1) y Kadanuumuu  (KSD-VP-1/1), el Homo habilis OH 62, dos Homo erectus, KNM-ER 1808 y KNM-WT 15000, y muestras de chimpancés, gorilas, orangutanes y una muestra amplia de humanos modernos (hasta 1279 individuos, según la variable analizada). Para determinados análisis articulares se incorporaron además KNM-ER 1472 (Homo rudolfensis) y KNM-ER 1481a (H. erectus).

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Homo floresiensis: ¿cazador o carroñero?

Homo floresiensis: ¿cazador o carroñero?

Llevábamos algún tiempo sin volver al «mundo perdido» de Flores (Indonesia), una isla siempre separada del continente por un ancho brazo oceánico de decenas de kilómetros. A pesar de ello, dependiendo del periodo climático, esa distancia se reducía periódicamente a tal vez unos 20 km, lo que permitía que algunas especies alcanzaran la isla mediante eventos excepcionales de dispersión como, por ejemplo, balsas naturales empujadas por tormentas o tsunamis. Entre estas especies, llegarían grupos de homininos derivados de poblaciones tempranas de Homo, con algunos rasgos arcaicos que recuerdan incluso a Homo habilis. Las raíces ancestrales africanas de aquellas poblaciones posiblemente se acercaban a los dos millones de años (Ma). Sus descendientes ya habían dejado hace ~1,8 Ma una presencia antigua fuera de África de homininos con rasgos arcaicos, en Europa oriental (Dmanisi y Orozmani, Georgia) y tal vez en China central (Yunxian, con datación discutida).

En todo caso, algunos animales del sudeste asiático que llegaron a Flores, por un proceso llamado especiación alopátrica, impulsado por el aislamiento geográfico extremo, evolucionaron hacia especies endémicas como animales elefantes enanos (stegodones) o ratas gigantes de un metro (Papagomys armandvillei). Entre ellas, se incluyen los pequeños homininos encontrados en yacimientos como Liang Bua (donde se definió la especie Homo floresiensis) o Mata Menge. H. floresiensis era una especie de poco más de 1 m de estatura, unos 25 kg de peso y un cerebro de 400 cc, poco mayor que el de un chimpancé adulto actual. Su presencia en Liang Bua se ha datado en unos 190-50 ka. El hominino de Mata Menge, más antiguo que el de Liang Bua (~700 ka) también parece probablemente más pequeño. Por ahora, en espera de nuevos restos, suele asociarse al linaje floresiensis.

Un nuevo trabajo (Veatch et al., 2026) ha revisado de forma muy detallada los restos de stegodon de Liang Bua y concluye que no existe evidencia clara de una explotación sistemática de grandes presas ni de un uso habitual del fuego por parte de H. floresiensis, apoyándose en una combinación de tafonomía, zooarqueología cuantitativa, análisis experimental de marcas y comparación con restos quemados de roedores procedentes de niveles asociados tanto a dicha especie como a Homo sapiens.

La muestra principal procede de las unidades 1 y 2 de Liang Bua, con presencia atribuida únicamente a H. floresiensis. Se estudiaron 3155 fragmentos de stegodon y 6906 elementos esqueléticos de múridos, muy fragmentados por causas posdeposicionales, y se reconstruyó tanto el contexto estratigráfico como la distribución espacial de los restos. Entre los restos de stegodon con edad identificable, 709 son de subadultos y 1511 de adultos, que corresponden a un mínimo de 9 individuos subadultos y 2 adultos.

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Neandertales y Homo sapiens conservaron las mismas tradiciones culturales en el Levante

Neandertales y Homo sapiens conservaron las mismas tradiciones culturales en el Levante

La cueva Üçağızlı II es un refugio natural en el sur de la actual Turquía. Un trabajo de Baykara y colaboradores documenta la ocupación secuencial de esta cueva por distintos grupos humanos durante unos 30.000 años: por neandertales desde 77 ka hasta 59 ka y, después, por humanos modernos desde 59 ka hasta 47 ka, sin que el registro arqueológico muestre una ruptura apreciable entre ambas ocupaciones.

Analizando más de 19.000 artefactos líticos recuperados en la cueva, los autores han encontrado que ambas especies emplearon las mismas técnicas de talla características del Paleolítico medio. Esta observación, junto con los restos de fauna y flora analizados, indica estrategias de subsistencia muy similares.

Además, se han encontrado 59 conchas de moluscos marinos (Columbella rustica) repartidas por varios niveles. Dado que este pequeño molusco carecía de relevancia por su valor alimenticio, se sugiere que las conchas se habrían seleccionado por su forma para usarlas en adornos personales. Este comportamiento no utilitario, probablemente relacionado con prácticas simbólicas, también muestra una continuidad cultural entre ambas especies.

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