Entrevista a José María Bermúdez de Castro

Confieso mi satisfacción por el rato agradable, y por momentos divertido, que pasé entrevistando a José María en su casa, en Atapuerca. Quienes me seguís, sabéis que le considero el culpable de haberme enganchado a la evolución humana allá por 2002, recién publicada en Science la especie Homo antecessor (Bermúdez de Castro et al., 1997). Dos décadas después, comenzamos repasando la actualidad de esta especie.

Como reto personal, ¿tienes ansiedad por llegar de nuevo a excavar el nivel TD6 de Gran Dolina, donde aparecieron los restos de Homo antecessor?

Antes sí tenía un poco de ansiedad, sobre que pudiéramos llegar cuanto antes. Así podría dedicar mis últimos años de carrera científica estudiando los fósiles humanos de TD6. Sin embargo, se ha tenido que ir más despacio, sobre todo porque TD10 requirió muchos años para sacar los miles de huesos de bisontes y otros grandes animales cazados por los homininos que aparecieron allí. Así que, visto lo visto, ahora afronto estos años con mucha tranquilidad, más si cabe tras la publicación del estudio proteómico de Homo antecessor. Digamos que no está resuelto todo, pero se queda bastante enfocado en cuanto a la posición y futura investigación de esta especie.

¿Qué ha cambiado el estudio proteómico de Homo antecessor respecto a lo que sabíamos?

En el año 1997 propusimos esta especie como ancestro común de neandertales y de humanos modernos. Desde 2003 se han publicado otros estudios en los que ya no posicionamos esta especie como ancestro común, aunque próximo al mismo. Pero en la mente de muchos se quedó que seguíamos defendiendo la hipótesis inicial de 1997. Si hay un ancestro común de neandertales y de humanos modernos tiene que estar en Europa o en África. Que ese ancestro estuviera localizado en el sitio más occidental de Eurasia no tenía mucho sentido, salvo que fuera una especie muy extendida por el Mediterráneo y durante mucho tiempo. Sin embargo, no se han encontrado evidencias para defender esta hipótesis.

Por tanto, no hemos mantenido la hipótesis de que Homo antecessor fuera el ancestro común de neandertales y humanos modernos, a pesar de que ahora incluso tendríamos muchas más evidencias para mantenerla que en 1997. Por ejemplo, determinados caracteres de Homo antecessor fueron heredados por los neandertales y también por Homo sapiens. Pero nos hemos esforzado en explicar la presencia de estos caracteres en Homo antecessor con una hipótesis alternativa. El ancestro común tiene que estar en un sitio intermedio entre Europa y África, siendo el Corredor Levantino el lugar con más posibilidades. Si es así, los ancestros más próximos a Homo sapiens tuvieron que entrar en África desde ese lugar para conformarse definitivamente en la especie a la que pertenecemos. Según esta hipótesis, tenemos que admitir que el Corredor Levantino fue una puerta de salida y de entrada. Siempre se ha mantenido que la dirección fue unidireccional, desde África hacia Eurasia. Pero, ¿por qué no al contrario? Hemos de romper la visión lineal, unidireccional y estática que muchas veces tenemos para el origen y dispersión de nuestra especie y de otros homininos. ¿Por qué no pudo haber grupos humanos que, cuando las puertas de África estaban abiertas, salían y entraban? Nuestra visión estática nos hace pensar que el clima y el paisaje siempre han sido como los vemos y percibimos hoy en día. El Sahara, por ejemplo, ha tenido momentos muy diferentes a lo largo del Pleistoceno, con reverdecimiento y abundancia de agua. En esos momentos, el flujo de especies en una y otra dirección fue posible. Por otro lado, hay que tener una visión temporal de los hechos. Por ejemplo, una determinada especie humana puede moverse desde el Corredor Levantino hasta la península ibérica durante 3.000 años a razón de 1 o 2 km por año. Ese lento movimiento no supone esfuerzo significativo. Es un período de tiempo insignificante desde un punto de vista relativo, pero suficiente como para que la especie llegue hasta los confines occidentales de Eurasia casi en un suspiro. En definitiva, el tiempo y el espacio han de ser tratados con una perspectiva histórica y evolutiva, sabiendo que trabajamos en rango temporales de muchos miles de años y cambios climáticos muy profundos.

Desde fuera da la impresión de que se retan de manera más incisiva las hipótesis y publicaciones de Atapuerca. ¿Cómo lo percibes tú?

Echando la vista atrás, los hallazgos que se han producido en la sierra de Atapuerca han sorprendido mucho. Tenemos que hacer mucho esfuerzo para proponer hipótesis totalmente nuevas. Eso está bien, porque te obliga y es sano, al tiempo que ha proporcionado consistencia al equipo. Las cosas han cambiado mucho desde los primeros hallazgos aquí. Un buen ejemplo es la antigüedad de Homo antecessor. Por el yacimiento de Gran Dolina han pasado muchos geocronólogos empleando métodos muy diversos durante más de 25 años. Todas las dataciones de TD6, por ejemplo, han sido muy coherentes: todas ellas se sitúan en torno a un rango medio de 800-850 miles de años, por debajo del límite Matuyama-Bruhmes, coincidiendo con los datos de la biocronología. Ese trabajo da consistencia a la antigüedad de la especie y al resto de niveles del yacimiento.

¿De Homo antecessor hacia atrás, que hay en esa amplia “zona gris”?

El momento en torno a un millón de años es muy oscuro desde el punto de vista del registro arqueológico y paleontológico. En África apenas hay depósitos sedimentarios y fósiles de esa cronología. Tenemos los cráneos de Daka y de Eritrea, y la calota craneal OH 9, esta última datada en 1,2 millones de años. En Eurasia está Homo antecessor, la mitad superior del cráneo de Kocabaş, en Turquía, y tal vez algunos dientes de un yacimiento de China que estamos estudiando en estos momentos. Poco más.

La reflexión es, ¿cuánto de extraño tiene esto? Por ejemplo, aquí en la Sima del Elefante de la sierra de Atapuerca nos encontramos tan solo una mandíbula de 1,2 millones de años y unas pocas herramientas líticas. Tal vez no sea tan raro. Los humanos no viven en las cuevas y no tienen interés en ellas. Que haya algo dentro de una cueva deberíamos interpretarlo como una casualidad. Si en un momento dado hay 100 humanos viviendo por la sierra de Atapuerca, ¿por qué iba a encontrarme los restos de uno de ellos en la Sima del Elefante? Los humanos cuando morían lo hacían en el campo y es muy difícil encontrar sus restos, si acaso sus herramientas. Si añadimos que en ciertos momentos temporales no hay suficientes cuencas sedimentarias, donde se acumulen las evidencias de nuestros ancestros, el resultado es la práctica ausencia de datos en momentos muy concretos de tiempo.

Cuando se empiezan a utilizar las cuevas nos quedan muchas más evidencias de nuestros ancestros. Sin embargo, hemos de pensar también que las cuevas son un bien escaso. Las cuevas solo se encuentran en lugares muy concretos, por lo que podemos tener la falsa impresión de que determinadas zonas estaban muy pobladas, mientras que otras apenas tenían población. Por ejemplo, en España las cuevas son escasas y están muy salpicadas por una parte muy concreta del territorio. Pensemos en las cuevas que hay en Castilla o en Galicia… realmente muy pocas.

¿Cuál es la importancia del trabajo de este año en Gran Dolina?

Por una parte, hemos encontrado un hiato sedimentario entre los niveles 10 y 8. Habrás visto el suelo estalagmítico que estamos trabajando. Ese suelo se forma durante un momento temporal de miles de años, en los que la cueva estuvo totalmente cerrada. En ese tiempo no entran sedimentos desde el exterior y se produce lo que se llama “hiato sedimentario”. Pasaron miles de años hasta que la cueva se volvió a abrir. Se trata de un ejemplo muy interesante de la dinámica geológica de los sistemas cársticos. Son sistemas “muy vivos”.

Además, a pesar de no haber encontrado ningún fósil humano en Gran Dolina y con solo 20 días de trabajo, este año hemos resuelto un problema muy importante. Hasta hace un par días no habíamos encontrado herramientas líticas en TD8. La hipótesis de partida es que la sierra de Atapuerca y, por extensión, la península ibérica y Europa, pudieron no estar ocupadas durante un largo período de tiempo. Apenas hay evidencias de presencia humana en nuestro continente en el largo período entre 600.000 y 500.000 años y las dataciones son siempre muy problemáticas. Es un buen ejemplo de que no hay que precipitarse en sacar determinadas conclusiones. Habíamos excavado 15 metros cuadrados del nivel TD8, sin haber obtenido ni fósiles humanos ni herramientas. Pero en esta campaña ya se han encontrado tres herramientas en un par de metros cuadrados y solo hemos excavado en la parte superior de este nivel. Puesto que TD8 está tan bien datado como como todos los niveles de Gran Dolina, ya no hay duda. A pesar de que las evidencias se limitan, por ahora, a tres herramientas de piedra, Europa estuvo poblada en ese largo período. El próximo año se acometerá la excavación de 40 metros cuadrados en TD8 y veremos los resultados.

Con José María Bermúdez de Castro, y en Gran Dolina, 2020. Crédito: Roberto Sáez

José María Bermúdez de Castro Risueño es Codirector e Investigador Principal de las excavaciones e investigaciones de los yacimientos Pleistocenos y Holocenos de la sierra de Atapuerca. Ha sido Profesor Titular en el Departamento de Paleontología de la Universidad Complutense de Madrid (1988-1990), Científico Titular (1990-1998), Investigador Científico (1998-1999) y Profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (1999-actualidad [en excedencia]), Director del CENIEH entre 2004 y 2012, Coordinador del Programa de Paleobiología del CENIEH (2013-actualidad). Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica 1997, Premio de Ciencias Sociales y Humanidades de la Comunidad de Castilla y León (1998), premio “Grupo Ciudades Patrimonio de la Humanidad” (2009). Doctor Honoris Causa por la Universidad de Burgos (2010). Honorary Professor de la University College of London. 

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