Llevábamos algún tiempo sin volver al «mundo perdido» de Flores (Indonesia), una isla siempre separada del continente por un ancho brazo oceánico de decenas de kilómetros. A pesar de ello, dependiendo del periodo climático, esa distancia se reducía periódicamente a tal vez unos 20 km, lo que permitía que algunas especies alcanzaran la isla mediante eventos excepcionales de dispersión como, por ejemplo, balsas naturales empujadas por tormentas o tsunamis. Entre estas especies, llegarían grupos de homininos derivados de poblaciones tempranas de Homo, con algunos rasgos arcaicos que recuerdan incluso a Homo habilis. Las raíces ancestrales africanas de aquellas poblaciones posiblemente se acercaban a los dos millones de años (Ma). Sus descendientes ya habían dejado hace ~1,8 Ma una presencia antigua fuera de África de homininos con rasgos arcaicos, en Europa oriental (Dmanisi y Orozmani, Georgia) y tal vez en China central (Yunxian, con datación discutida).
En todo caso, algunos animales del sudeste asiático que llegaron a Flores, por un proceso llamado especiación alopátrica, impulsado por el aislamiento geográfico extremo, evolucionaron hacia especies endémicas como animales elefantes enanos (stegodones) o ratas gigantes de un metro (Papagomys armandvillei). Entre ellas, se incluyen los pequeños homininos encontrados en yacimientos como Liang Bua (donde se definió la especie Homo floresiensis) o Mata Menge. H. floresiensis era una especie de poco más de 1 m de estatura, unos 25 kg de peso y un cerebro de 400 cc, poco mayor que el de un chimpancé adulto actual. Su presencia en Liang Bua se ha datado en unos 190-50 ka. El hominino de Mata Menge, más antiguo que el de Liang Bua (~700 ka) también parece probablemente más pequeño. Por ahora, en espera de nuevos restos, suele asociarse al linaje floresiensis.
Un nuevo trabajo (Veatch et al., 2026) ha revisado de forma muy detallada los restos de stegodon de Liang Bua y concluye que no existe evidencia clara de una explotación sistemática de grandes presas ni de un uso habitual del fuego por parte de H. floresiensis, apoyándose en una combinación de tafonomía, zooarqueología cuantitativa, análisis experimental de marcas y comparación con restos quemados de roedores procedentes de niveles asociados tanto a dicha especie como a Homo sapiens.
La muestra principal procede de las unidades 1 y 2 de Liang Bua, con presencia atribuida únicamente a H. floresiensis. Se estudiaron 3155 fragmentos de stegodon y 6906 elementos esqueléticos de múridos, muy fragmentados por causas posdeposicionales, y se reconstruyó tanto el contexto estratigráfico como la distribución espacial de los restos. Entre los restos de stegodon con edad identificable, 709 son de subadultos y 1511 de adultos, que corresponden a un mínimo de 9 individuos subadultos y 2 adultos.

El aspecto metodológico más relevante de este trabajo es la identificación de las marcas de superficie ósea mediante comparación experimental. Para distinguir señales de autoría hominina de otras dejadas por Varanus komodoensis (dragón de Komodo), realizaron un experimento controlado en el zoo de Atlanta con una cabra adulta ofrecida a un dragón de Komodo. Se analizaron 72 elementos óseos procesados de la cabra y se documentaron 192 marcas de diente en 26 huesos. Estas señales dejadas por el varano se compararon con 403 marcas de corte experimentales y 130 marcas de abrasión por pisoteo.
Por otra parte, en la muestra de stegodon se identificaron 243 modificaciones sobre 62 huesos potencialmente relacionadas con el consumo de carcasas, de las que 154 eran indudablemente daños causados por homininos o varanos. De ellas, 54 marcas en 20 huesos se interpretaron como marcas de corte y 100 marcas en 31 huesos como marcas de dientes de varano. Las marcas de corte aparecen sobre todo en costillas, falanges, huesos craneales, hioides, vértebras torácicas, radios y fragmentos largos; las marcas de dientes de varano se concentran en costillas, fémur, radio, cúbito, peroné, metapodios y esternón. El dragón de Komodo deja huellas donde hay más tejido aprovechable, mientras que las marcas humanas aparecen sobre todo en elementos de baja utilidad, sin evidencia de percusión ni de proyectiles. Esta es la observación que debilita la idea de una caza activa de proboscídeos por H. floresiensis.
En cuanto al análisis del control del fuego, entre los 3155 elementos de stegodon solo uno mostraba signos de combustión: un fragmento de costilla de la Unidad 22, correspondiente a sedimentos más jóvenes, probablemente vinculados a actividades de Homo sapiens y no de H. floresiensis. Entre los restos de múridos, en la Unidad 8, asociada a H. sapiens, 474 de 2430 elementos presentaban signos de combustión, mientras que, en la Unidad 1, asociada a H. floresiensis, ninguno de los 4240 elementos mostraron dichas señales. Ese contraste también debilita la idea del uso del fuego por H. floresiensis en Liang Bua con los materiales analizados.
Como conclusión, los autores proponen que en Liang Bua los dragones de Komodo habrían accedido antes a las carcasas de stegodon, mientras que los H. floresiensis habrían explotado de manera oportunista algunos restos residuales, que serían elementos de menor valor energético.
Por tanto, tras este estudio ¿podemos afirmar definitivamente que H. floresiensis era carroñero? ¿Debemos reconsiderar las capacidades tecnológicas y de subsistencia de H. floresiensis, descartando el control del fuego? ¿Y cómo encaja en esta reflexión la presencia de industrias líticas antiguas en Flores?

Creo que si en África, con un número inmensamente mayor de yacimientos, el debate caza vs. carroñeo muchas veces no está claro y, de hecho, hay yacimientos donde se sugieren los dos comportamientos, la escasa evidencia en Flores todavía hace prematuro llegar a conclusiones categóricas. De hecho, los mismos autores no excluyen totalmente que los homininos hubieran podido extraer y consumir fuera de la cueva algunos elementos esqueletales de stegodon de alto valor energético. Pero no ha aparecido aún evidencia de este comportamiento, ni de control habitual del fuego. En cualquier caso, la extensión del estudio refuerza la precaución a la hora de analizar los comportamientos de H. floresiensis, que parecen más limitados de lo que habíamos supuesto cuando se descubrió esta especie a principios de siglo.