Preguntas y respuestas sobre las pinturas rupestres de la amazonía colombiana

Preguntas y respuestas sobre las pinturas rupestres de la amazonía colombiana

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Con motivo del impacto que ha causado la noticia sobre los paneles de arte rupestre de 12.500 años en la amazonía colombiana, y cierto revuelo y dudas alrededor de las distintas informaciones difundidas, he querido profundizar y escribir en qué consisten estas pinturas en el contexto de las investigaciones arqueológicas que se vienen desarrollando en aquella región en los últimos años. Agradezco al profesor Francisco Aceituno, coinvestigador del proyecto, por su inestimable ayuda y la información proporcionada para desarrollar este artículo.  

Dónde están 

Las pinturas prehistóricas se hallan en la Serranía de la Lindosa, en la región de la amazonía colombiana. Se trata de una selva húmeda tropical de unos 20 km2 atravesada por el río Guayabero. Las pinturas se encuentran a lo largo de unos 12 km, cercanas al río, pero elevadas, realizadas en las paredes verticales de afloramientos rocosos.

Aunque La Lindosa es adyacente a la Serranía de Chiribiquete (al sur), hay una distancia de 160 km entre ellas. Chiribiquete es una zona enorme de 43.000 km2 (el tamaño de Dinamarca). Como La Lindosa, tiene también miles de pictogramas en múltiples elevaciones rocosas. La inaccesibilidad del lugar hace probable que existan muchas más pinturas allí desconocidas por el momento.

La Lindosa y Chiribiquete forman parte de la misma formación geológica, los tepuyes o tepuis, grandes mesetas con paredes verticales abruptas y cimas planas, que llegan hasta Venezuela en dirección suroeste-noreste, y son un punto importante en el poblamiento humano de Sudamérica.

Áreas arqueológicas colombianas con la datación calibrada de los sitios más antiguos en cada región. Crédito: G. Morcote-Ríos, et al (2019)

Qué pinturas hay 

En La Lindosa existen miles de figuras representadas. Aunque es difícil estimar un número, se van logrando identificar distintos tipos de pinturas: motivos animalistas, geométricos y figuras humanas.

Entre las figuras de animales, se ha propuesto potencial megafauna de la Edad del Hielo como caballos, mastodontes, camélidos como paleollamas y una macrauquenia. Constituyen un marcador cronológico indirecto y paleoambiental, aunque todavía no se han encontrado fósiles de estos animales. Otra fauna representada son puercoespín, aves, primates, jaguares, serpientes, tortugas, etc. Las imágenes humanas aparecen en escenas, que pueden ser rituales chamánicos o también festividades ajenas al plano protorreligioso y escenas de la vida cotidiana. Los motivos geométricos son abstractos y, por lo general, muy comunes en otras geografías.  Sigue leyendo

Cocción de alimentos con aguas termales hace 1,7 millones de años

Cocción de alimentos con aguas termales hace 1,7 millones de años

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El inicio del control del fuego es un tema muy debatido. Lamentablemente, un sedimento o unas piezas quemadas no siempre proporcionan la información suficiente para verificar su origen antrópico o natural, o el tipo de utilización que le dieron los humanos, o la continuidad de su aprovechamiento. Las primeras posibles evidencias de un fuego antrópico son muy antiguas, y entre ellas podemos mencionar las de Cueva Wonderwerk (Sudáfrica) de hace 1 millón de años (Ma), Cueva Negra (España) de 0,8-1 Ma y Gesher Benoth Ya’aqov (Israel) de 0,8 Ma. Sin embargo, no se suele considerar que hubo un uso continuado hasta sobrepasar el umbral de 0,5 Ma, y aun así, el debate es grande hasta llegar al linaje neandertal, en el que ya quedan pocas dudas sobre su capacidad para iniciar y usar extensivamente el fuego.

Y es que hablamos de un larguísimo camino evolutivo en el que tenemos que retroceder 1,7 Ma: por entonces los primeros humanos cambiaban sus hábitos alimenticios en el contexto de una amplia transformación donde, en general, algunos mantienen un modo de vida muy arbóreo (los habilinos), mientras que otros van tomando otras maneras totalmente distintas de adaptarse al medio (los erectinos). Durante esta evolución, el aprovechamiento de la médula ósea y el carroñeo oportunista se refuerza con la incorporación de la carne a su dieta.

La cocción de la carne fue un factor decisivo para el desarrollo del cerebro. Los humanos pasaron de reblandecer la carne «a palos», a darle un tratamiento térmico. Y cocinar la carne da un beneficio inmediato: mucho menos gasto de energía en su digestión. Hace 1,5 Ma aquellos humanos ya tienen una fisiología acostumbrada al consumo regular de carne. Por eso, encontrar evidencias antiguas de fuego antrópico es tan importante, así como entender hasta qué época y en qué regiones los usos eran oportunísticos y cuándo comenzaron a ser regulares. Las evidencias son controvertidas porque a nivel químico algunas no son totalmente robustas.

Uno de los estudios más interesantes que he leído en este trimestre nos abre los ojos a una nueva posibilidad: que hace 1,7 Ma existiera una fase de tratamiento térmico de los alimentos mediante aguas termales, muy previa al uso extensivo del fuego. Y es que para cocinar alimentos no hace falta estrictamente un fuego, sino una fuente de calor, y éste puede tener un origen geotermal. Esta técnica también la manejan por ejemplo pueblos de Japón y de Islandia desde hace cientos de años.

El trabajo de Ainara Sistiaga y otros colegas presenta el hallazgo en el sedimento del nivel basal del Lecho II de Olduvai (de 1,7 Ma, correspondiente al Achelense más antiguo), de lípidos producidos por bacterias hipertermófilas, que solo sobreviven en un entorno hidrotermal a partir de 85º C. Se trata de un hallazgo curioso, porque el origen del estudio no se enfocaba a buscar piscinas termales, sino a entender el paisaje y el clima del entorno achelense en Olduvai analizando los biomarcadores de plantas y animales. Los resultados muestran un ecosistema muy biodiverso en un contexto de pastizales de sabana, donde abundaban ríos alimentados por aguas subterráneas, vegetación acuática, arbustos de angiospermas y plantas comestibles. Sin embargo, también observaron unas marcas muy curiosas que normalmente habrían pasado desapercibidas, pero la experiencia del laboratorio en estudios sobre Yellowstone les ayudó a identificar, en distintas partes de aquel entorno achelense, características hidrotermales similares a las que se dan en el parque nacional norteamericano.

Según explica Sistiaga para este blog, hay evidencias de actividad volcánica en ciertas fallas que se reactivaron en aquel entorno de hace 2 millones de años, y que de hecho hicieron descender un poco la plataforma y facilitaron la entrada de corrientes fluviales en la garganta. Son procesos geológicos que pueden durar varios milenios, y normalmente se repiten en diferentes ocasiones. Esto plantea la interesante posibilidad de que aquellos procesos coincidieran con la presencia de homininos localmente y en distintas ocasiones, y no solo en Olduvai sino en otros puntos del Rift que tuvieron actividad tectónica e hidrotermal durante cientos de miles de años (de hecho, la sigue habiendo).

Lamentablemente, por ahora no podemos determinar directamente si los humanos utilizarían aquellas fuentes termales o, en tal caso, si el uso era regular. Las marcas de corte dejadas en los huesos de los animales consumidos no se alteran con el hervido, según nos indica Manuel Domínguez-Rodrigo, coautor del estudio, pero la asociación de estas fuentes hidrotermales con los yacimientos soporta la posibilidad del aprovechamiento de estos recursos. Sigue leyendo

Parántropos: nuestros parientes más asombrosos

Parántropos: nuestros parientes más asombrosos

¿Qué son los parántropos? En esta conferencia organizada por el Club de Ciencia Boadilla el 13/11/2020 abordo las siguientes cuestiones para conocer un poco más el género Paranthropus:

  • ¿Cómo estos seres con una morfología tan extraordinaria pueden ser parientes de los humanos?
  • ¿Cuándo y por qué aparecieron, evolucionaron y desaparecieron?
  • ¿Qué especies de parántropos conocemos?
  • ¿Con qué otros homininos convivieron?
  • ¿Podemos saber algo de su modo de vida?
  • ¿Cuáles son las novedades que hemos conocido en 2020?

Sahelanthropus tchadensis may not have been a habitual biped

Sahelanthropus tchadensis may not have been a habitual biped

In many texts, when depicting the human evolutionary tree, the S. tchadensis cranium is often claimed to be consistent with being biped, mainly driven by the foramen magnum position. Habitual bipedalism is a key feature for taxa to be included in the hominin clade, yet some specific characteristics of the bipedal locomotion can differ from those of modern humans. The case of Sahelanthropus is important because the age of its fossils (6-7 million years) approximately matches the time that our branch of the primate family tree diverged from the ancestors of chimpanzees and gorillas. We only know Orrorin tugenensis as another hominin candidate in such chronology. There are three femoral remains of Orrorin, but until now the Sahelanthropus femur had not yet been published, and this is a major skeletal element to understand bipedalism.

What hominin taxa at that time could be a direct ancestor of living humans is a very difficult question to face. The Late Miocene fossil record is really small and makes impossible to sort ancestors from non-ancestral close relatives.

In this context, a new paper (R. Macchiarelli et al, 2020) focuses on the study of the partial left femur TM 266-01-063 found in July 2001 at Toros-Menalla, Chad. This is the same location where the Sahelanthropus tchadensis holotype was recovered also in 2001: the cranium TM 266-01-060-1. What five key ideas does the new femur bring, according the analysis of overall shape differences by Macchiarelli et al?

1) Yes, the femur can likely be assigned to S. tchadensis.

We are most confident that the TM 266 femoral shaft belongs to a hominid sensu lato. It could sample a hominid hitherto unrepresented at Toros-Menalla, but a more parsimonious working hypothesis is that it belongs to S. tchadensis.

2) This femur is very different from the Orrorin tugenensis femur, another early hominin normally considered as habitual biped.

The differences between TM 266 and the O. tugenensis partial femur BAR 1002’00 are substantial and are consistent with maintaining at least a species level distinction between S. tchadensis and O. tugenensis.

The partial femur TM 266-01-063 from Toros-Menalla, Chad, in anterior (a), posterior (b), medial (c), and lateral (d) views. Scale bar = 2 cm. Credit: R. Macchiarelli, A. Bergeret-Medina, D. Marchi et al. (2020)

3) But actually, S. tchadensis may not have been a habitual biped!

If the TM 266 femoral shaft belongs to S. tchadensis, we cannot be confident that the latter was a habitual biped. Based on our analyses, the TM 266 partial femur lacks any feature consistent with regular bouts of terrestrial bipedal travel; instead, its gross morphology suggests a derived Pan-like bauplan.

4) If the TM 266 femur can be added to the hypodigm of S. tchadensis, the conclusions could be important to actually stop considering S. tchadensis as an early hominin. 

The lack of clear evidence that the TM 266 femur is from a hominid that was habitually bipedal further weakens the already weak case for S. tchadensis being a stem hominin.

It is possible that S. tchadensis is a stem hominin with some reduction of the canine and loss of the honing complex, but without the femoral adaptations to terrestrial bipedalism that are seen in A. afarensis and O. tugenensis. If there is compelling evidence that S. tchadensis is a stem hominin, then bipedalism can no longer be seen as a requirement for inclusion in the hominin clade.

5) A hominin, a panin, or neither? A potential third way for Sahelanthropus.

Being a stem hominin or a stem panin, or their most recent common ancestor, may not be the only options for S. tchadensis. It is probable that during the late Miocene and the early Pliocene, there was a modest adaptive radiation of African hominids that includes taxa that are neither hominins nor panins as defined previously. Any such extinct groups are likely to include taxa with novel morphology or with novel combinations of morphology we also see in hominins or panins. Given the mix of inferred primitive and inferred derived features in S. tchadensis, we suggest it could belong to a group that has no living representative.

If we treat the hominin status of S. tchadensis, or any other enigmatic taxon, as a given and not a hypothesis, we run the risk of adding further confusion to a picture that is already complicated and less easy to resolve.

BUT In a new preprint (under review as of Feb-21), Franck Guy and colleagues analyse the original materials of the same left femur and two antimeric ulnae. Based on each features they tackle and the functional signals found, they argue that S. tchadensis was indeed bipedal.

References:

  • R. Macchiarelli, A. Bergeret-Medina, D. Marchi et al. (2020). Nature and relationships of Sahelanthropus tchadensis. Journal of Human Evolution 149 | Front image: The partial femur TM 266-01-063 (left) in anterior (a), posterior (b), medial (c), and lateral (d) views compared with the CT-based reconstruction of BAR 1002’00 (Puymerail, 2011, 2017, based on a record kindly made available by B. Senut and M. Pickford). 
  • F. Guy et al. (2020). Postcranial evidence of late Miocene hominin bipedalism in Chad. Preprint is under consideration at a Nature Portfolio Journal.

Further information: Toumaï, esperanza de vida | Nutcracker Man

Las huellas de White Sands: el viaje de dos humanos hace 12.000 años

Las huellas de White Sands: el viaje de dos humanos hace 12.000 años

Tenemos un largo camino por delante de varios kilómetros. En otras circunstancias podríamos tomárnoslo con calma, pero a este gran lago también acuden tigres dientes de sable, lobos, bisontes, mamuts y perezosos. No es una zona segura: vayamos rápido, todo recto, sin rodeos. Llevaré al niño en brazos para evitar riesgos. Esta arena blanda junto al lago no es un terreno fácil para la caminata. Me he resbalado en algunas ocasiones, y hemos tenido que esquivar algunos charcos. Llevamos ya casi la mitad de camino, pero el niño pesa y mis brazos ya duelen. Le bajo al suelo, para que se mueva un poco mientras mi espalda descansa. Pero no podemos parar demasiado. Vuelvo a cogerle y continuamos, pero sigue intranquilo, y más adelante nos detenemos otras dos veces, esta vez menos tiempo. Al fin llegamos. Dejo al niño con el grupo y regreso. Decido hacerlo por el mismo camino, que nos fue bien a la ida. Es curioso, por aquí han cruzado un perezoso y un mamut hace poco. No me sorprende, pero sí me preocupa, porque me doy cuenta de que el perezoso se ha detenido junto a nuestro rastro y se ha levantado sobre sus patas traseras olfateando algo, así que los depredadores pueden estar al acecho también. Acelero para volver cuanto antes.

Todo esto sucedió hace entre 11.500 y 13.000 en lo que hoy es el parque nacional White Sands en Nuevo México, Estados Unidos. Aunque me he permitido alguna licencia en la narración, esta pudo ser la historia real de dos humanos durante unas horas. ¿Cómo podemos saberlo?

Conocemos el poder de conocimiento que nos dan los fósiles, un testimonio de muerte de los especímenes a los que pertenecieron. En no pocas ocasiones, además de proporcionar información sobre su muerte, en realidad nos dicen mucho más sobre su vida: si eran robustos, altos, esbeltos, achaparrados, si recibieron cuidados que les permitieron recuperarse de determinadas lesiones, qué tipo de locomoción tenían, si sus manos eran capaces de tallar herramientas complejas, si todavía tenían facilidad para trepar a los árboles, cómo era su canal de parto, qué tamaño tenía su cerebro, y otros indicativos sobre su potencial inteligencia, como la forma de sus regiones cerebrales, e incluso cómo era el riego sanguíneo en ellas. Pero existen otros elementos que dan un testimonio directo de un momento específico en la vida de aquellos seres: son las huellas que dejaron al caminar, llamadas icnofósiles o icnitas. Increíblemente, se han conservado huellas de homininos tan antiguas como las de Laetoli (Tanzania, 3,66 millones de años, dejadas por australopitecos) y las de Ileret (Kenia, 1,5 millones de años, dejadas por Homo erectus). Sigue leyendo