La nueva mandíbula de Australopithecus anamensis sí hace replantear algunas cuestiones

La nueva mandíbula de Australopithecus anamensis sí hace replantear algunas cuestiones

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En 2011 se descubrió una mandíbula de hominino en Ileret (Kenia), concretamente en el área paleontológica 40, al noreste del Lago Turkana. Su número de catálogo es KNM-ER 63000 y está datada en unos 4,3 Ma (millones de años). Cabe destacar que los restos paleontológicos y arqueológicos en esta región pueden fecharse con mucha precisión, gracias a la presencia de capas volcánicas que permiten dataciones radiométricas, así como a la estratigrafía que se ha ido definiendo y revisando a lo largo de décadas.

El fósil KNM-ER 63000 es un fragmento mandibular bastante desgastado y erosionado, que incluye una corona de M2 rota y alvéolos en otras posiciones dentarias. A pesar de esto, conserva suficiente anatomía diagnóstica en el cuerpo mandibular anterior y la geometría de la arcada dentaria para ser atribuido a Australopithecus anamensis. Destacan dos rasgos en particular: 1) el eje de la sínfisis fuertemente inclinado con una superficie externa basalmente convexa y recortada y un cuerpo lateral que se extiende inferomedialmente debajo de la fila canino-premolar, y 2) la alineación del alvéolo canino con el eje poscanino.

En 2019 ya sorprendió la antigüedad de 3,8 Ma estimada para el cráneo MRD VP-1/1 de Au. anamensis, encontrado en 2016 en Woranso-Mille (Etiopía), ya que indicaba la coexistencia de representantes de Au. anamensis durante unos 100.000 años con sus teóricos descendientes, Au. afarensis, representados, por ejemplo, por el hueso frontal BEL-VP-1/1 de Belohdelie datado en 3,9 Ma (Asfaw, 1987; Haile-Selassie et al., 2019). Es probable que los taxones Au. anamensis–Au. afarensis se superpusieran en el tiempo (Du et al., 2020), lo que cuestionaría su relación directa que suele asumirse de ancestro-descendiente mediante evolución anagenética.

En esta ocasión, la sorpresa radica en que se extiende el límite temporal de la aparición de Au. anamensis hasta los 4,3 Ma. Hasta ahora, se asignaba una antigüedad máxima de 4,2 Ma para los fósiles de esta especie procedentes de Kanapoi (Kenia), como el maxilar KNM-KP 29283 y la mandíbula KNM-KP 29281 (holotipo de la especie).

¿Cuál es la importancia de este hallazgo?

Recordemos a Ardipithecus ramidus, uno de los homininos basales, que vivió hace 4,5-4,3 Ma (White et al., 1994; Semaw et al., 2005). Esta especie tiene un gran protagonismo en la literatura científica sobre evolución humana, ya que se conoce el 45% del esqueleto de Ardi, una hembra de 120 cm y 50 kg, incluyendo algunos huesos clave para entender su anatomía (cráneo, dientes, pelvis, manos, pies, brazos y piernas). Ardi ha permitido realizar importantes planteamientos sobre el contexto, ritmo y modo de la evolución de los primeros homininos (por ejemplo, el posible origen de la bipedación en ambiente boscoso), y sugerir que los primeros representantes de Australopithecus podrían haber descendido de Ardipithecus ramidus (White et al., 2009). Sin embargo, este argumento parece debilitarse ahora en el caso de Australopithecus anamensis, debido a la brecha morfológica entre ambos, especialmente en la notable diferencia de robustez observada en el sistema masticatorio. 100.000 años de diferencia no parecen suficientes para sustentar una relación filética entre ambos taxones. Sigue leyendo

El arte narrativo más antiguo: Sulawesi

El arte narrativo más antiguo: Sulawesi

En trabajos anteriores, conocimos las dataciones de las representaciones pictóricas rupestres más antiguas conocidas, realizadas hace más de 45 ka (miles de años) en la isla de Sulawesi (Indonesia). Esas dataciones se obtuvieron mediante el análisis de series de uranio (U-series) de los depósitos de calcita que recubren las pinturas en varias cuevas de piedra caliza de Maros-Pangkep, en el sur de la isla. Más abajo se explican cuáles son esos paneles pictóricos y sus antigüedades.

El método de datación se basa en la medición del decaimiento radiactivo de isótopos de uranio a torio, proceso que ocurre de manera constante a lo largo del tiempo. Dado que el torio no es soluble en agua, no se incorpora a los depósitos minerales desde el entorno, permitiendo que su presencia en la calcita sea exclusivamente el resultado del decaimiento del uranio. Al analizar la cantidad relativa de uranio y torio, se puede determinar la edad del depósito. y, por tanto, la del pigmento que está justo por debajo. Un nuevo trabajo emplea una variación de esa tecnología, series de uranio por ablación láser (LA-U-series), que emplea un láser para quemar capas de calcita de menos de 50 micras de espesor justo encima del pigmento. Con este método se puede estimar con mayor precisión la edad del depósito más antiguo, y por tanto de la pintura. Además, es menos destructivo por requerir muestras más pequeñas.

1) Leang Karampuang: 51.200 años

En este panel de techo existe una gran pintura roja que representa un probable cerdo verrugoso (Sus celebensis) de casi un metro de ancho, en posición estática, con la boca parcialmente abierta. Esta especie de suido es pequeña (de 40 a 85 kg), con patas cortas, verrugas faciales, y muy abundante en Indonesia. Junto a él, hay tres figuras humanas en posición dinámica cerca de la cabeza del cerdo, que tienen aparentemente los brazos extendidos, y dos de ellas sostienen un objeto similar a un palo o una varilla. La datación de la figura del cerdo mediante la nueva técnica mencionada es de al menos de 51,2 ka. Existen dos huellas de manos contemporáneas a la figura. Hay otros cinco cerdos pintados en esta cueva, pero sin relación con el primero.

Panel de Leang Karampuang. Crédito: Oktaviana, A.A., Joannes-Boyau, R., Hakim, B. et al. (2024)

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Denisovanos en la meseta tibetana durante más de 100.000 años

Denisovanos en la meseta tibetana durante más de 100.000 años

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Además de la cueva Denisova en Rusia, otros dos yacimientos han permitido identificar una posible presencia denisovana a través de estudios genéticos y proteómicos: la cueva Tam Ngu Hao 2 en Laos y la cueva Karst Baishiya (BKC), en la meseta tibetana, a 3280 metros de altitud, en el condado de Xiahe. En 2019 conocimos una mandíbula (Xiahe 1) procedente de BKC, uno de los fósiles denisovanos más antiguos conocidos. Un año después, en 2020, también se publicó el hallazgo de ADN mitocondrial denisovano en el sedimento de BKC, testigo de la presencia de este grupo humano en al menos tres momentos distintos: hace 160 ka, 100 ka (capa 7) y 60 ka (capa 4), y posiblemente tan tarde como hace 45 ka (final de la capa 4).

Ahora, combinando identificaciones morfológicas y zooarqueología por espectrometría de masas (ZooMS), se han podido identificar taxonómicamente 2005 de los 2567 especímenes de fauna recuperados en las recientes excavaciones en BKC. Entre ellos destaca un nuevo fósil humano, una costilla (Xiahe 2, ver figura 1). Atendiendo al análisis proteómico del colágeno, este hueso posiblemente perteneció a un individuo denisovano. El resto de huesos son principalmente de bóvidos (por ejemplo, caprinos, yaks salvajes y gacelas tibetanas) y équidos, junto con carnívoros, pequeños mamíferos y aves.

Fig. 1. Xiahe 2, una costilla humana posiblemente denisovana. Crédito: Xia, H., Zhang, D., Wang, J. et al. (2024)

El nuevo denisovano procede de la capa 3, fechada en 48-32 ka. Recordemos que la datación de la mandíbula Xiahe 1 por series de uranio arrojaba unos 160 ka. Esta mandíbula procedería de las capas 10, 11 o inferior, aunque no puede determinarse con seguridad porque la recuperó un monje budista en 1980 cuando se retiró a meditar en la cueva. El rango de antigüedades observado con presencia humana indica que ese lugar podría haber estado habitado en distintos momentos por grupos denisovanos a lo largo de milenios. Los autores consideran razonable suponer que los denisovanos ocuparon BKC al menos desde alrededor de 167 ka (edad promedio de la capa 10) hasta alrededor de 40 ka (edad promedio de la capa 3), y posiblemente desde hace más de 224 ka (edad máxima de la capa 10) hasta hace 32 ka (edad mínima de la capa 3). Sigue leyendo

Nuevo caso de cuidados neandertales: un niño con síndrome de Down

Nuevo caso de cuidados neandertales: un niño con síndrome de Down

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Es claro que el número de casos conocidos de cuidados entre humanos en el pasado irá creciendo exponencialmente. El foco que este estudio ha adquirido en los últimos años es decisivo, y el desarrollo de la bioarqueología del cuidado es una importante palanca para conseguirlo. Desde nuestro grupo de investigación sobre la bioarqueología del cuidado en español, estamos orgullosos de contribuir a ello, y los resultados que estamos comenzando a obtener son prometedores. La prudencia a la hora de emprender este tipo de trabajos es comprensible, siempre que su exceso no genere barreras para la investigación.

Acabamos de conocer a un niño neandertal que vivió más de 6 años con síndrome de Down. Como referencia, tengamos en cuenta que la esperanza de vida al nacer para niños con síndrome de Down era de 9 años a principios del siglo XX. Aquel individuo requirió cuidados continuos por parte de otros miembros del grupo, además de los proporcionados por su madre. Y no tuvo la posibilidad de devolver la asistencia recibida, o tal vez sí, en forma de cariño y amor.

Este trabajo es notable, dado que parte de un modestísimo fragmento de hueso temporal, de unos 5 cm. Es un buen ejemplo del potencial de esta disciplina, y del valor que tiene para identificar lecciones sobre este extraordinario comportamiento en el pasado. Con ello, podemos cambiar nuestra percepción sobre nuestros antepasados (directos y primos), dotándoles de una imagen más «humana».

El fósil analizado es CN-46700, un fragmento de la porción petromastoidea derecha de un hueso temporal. Proviene de Cova Negra (Xàtiva, España), está datado entre 276-143 ka (miles de años), e identificado como Homo neanderthalensis. La combinación de las distintas malformaciones que presenta el hueso indica que el individuo tuvo síndrome de Down. Este niño tendría problemas en su crecimiento físico y cognitivo. El desarrollo psicomotor quedaría afectado debido a la hipotonía generalizada, la hiperlaxitud de los ligamentos, y un control postural, equilibrio y locomoción deficientes. Habría tenido problemas en la adquisición del habla, el aprendizaje exploratorio y el desarrollo de habilidades comunicativas y sociales. Los problemas del oído le habrían causado sordera, vértigo y desequilibrio. Adicionalmente, la hipotonía generalizada causa que más del 80% de los bebés con síndrome de Down tengan problemas de succión en la lactancia materna. En sus más de 6 años de vida, aquel niño neandertal probablemente requeriría que otros miembros del grupo ayudaran a la madre en cuidarle. A este niño se le apodado Tina, si bien no se puede determinar su sexo.

Aunque el trabajo no utiliza explícitamente la metodología de la bioarqueología del cuidado, sí aborda elementos clave de las etapas 2 y 3 de la misma, para evaluar las características clínicas y sus impactos funcionales, e identificar la necesidad de cuidados de atención directa hacia el niño, dando como resultado un caso realmente inspirador para futuras investigaciones en este ámbito.

Por ejemplo, con un mayor conocimiento y apoyo en el contexto, la profundización en la etapa 3 permitiría desarrollar el modelo de cuidados que el niño recibiría, consideración también la adaptación del grupo a su condición. En la etapa 4 se podrían discutir las implicaciones de estas acciones, tomando en cuenta otras referencias en el Paleolítico medio, incluidos varios otros neandertales con evidencias de haber recibido cuidados, así como referencias históricas y etnográficas.

Previamente se había publicado evidencia genética de seis casos de trisomía 21 (síndrome de Down) y un caso de trisomía 18 (síndrome de Edwards) en individuos infantiles o perinatales entre 9855 genomas humanos prehistóricos e históricos de todo el mundo. Todos esos individuos recibieron rituales funerarios y cuidados enterramientos, en algunos casos con objetos excepcionales, indicando un reconocimiento como miembros de la comunidad, en contraste con las prácticas funerarias más comunes de su época, que eran de cremación. Sin embargo, debido al cortísimo tiempo que vivieron, no se puede argumentar la posibilidad de haber recibido cuidados en vida, distintos a los de la crianza.

Referencia: Conde-Valverde, M. et al. (2024). The child who lived: Down syndrome among Neanderthals? Science Advances.  Sigue leyendo

Tiempo entre fuegos neandertales: posibles lecciones sobre su comportamiento

Tiempo entre fuegos neandertales: posibles lecciones sobre su comportamiento

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El nuevo estudio sobre los hogares del yacimiento neandertal de El Salt (Alcoy, España) puede suponer un avance significativo sobre el conocimiento de la actividad de los grupos humanos en la zona durante el Paleolítico medio.

La unidad X de este yacimiento es un palimpsesto, caracterizado por una gran densidad de materiales arqueológicos y paleontológicos superpuestos de distintas actividades sucesivas, en el que destaca un conjunto de seis hogares datado en unos 52 ka por termoluminiscencia. El análisis por paleomagnetismo de estos fuegos a lo largo de los últimos diez años ha generado un resultado muy interesante. En general, con esta técnica se analiza la dirección paleomagnética que queda preservada en los materiales que fueron calentados. Así, los hogares son potenciales registros de la dirección del campo magnético terrestre en el momento en el que se enfriaron por última vez. En este trabajo, la novedad es que no se han buscado fechas absolutas sino intervalos temporales relativos entre los distintos fuegos. De esta forma, combinando paleomagnetismo y arqueoestratigrafía, el equipo ha logrado averiguar la separación mínima entre cada uno de esos fuegos con una gran precisión, siendo de al menos 20-25 años en dos casos, 70-85 años en un caso, y 85-105 años en otro caso. En total, la secuencia temporal es de al menos 200-240 años.

Implicaciones para entender el comportamiento espacial

Hasta ahora, normalmente se asumía que las ocupaciones humanas en esta zona serían frecuentes y temporalmente poco distanciadas entre sí, pero este estudio demuestra que la distancia entre las ocupaciones en realidad pudo ser de varias décadas e incluso de más de un siglo. Los neandertales podrían estar usando el territorio de forma extensa y ocupar este sitio de forma menos frecuente de lo que se pensaba. Tal vez algunos grupos ni siquiera llegarían a conocerse.

Sin embargo, no debemos olvidar que estos resultados informan sobre el tiempo mínimo entre fuegos, y no necesariamente entre ocupaciones, pues entre fuego y fuego pudieron existir varias ocupaciones. No se puede demostrar ni descartar si se marchaban del yacimiento entre las quemas. Futuras investigaciones podrán cruzar esta nueva información con los resultados de otras disciplinas (análisis de la lítica, análisis de la fauna, arqueología espacial, micromorfología de suelos, etc.), y determinar con más detalle cuántas ocupaciones hubo dentro de la secuencia, y si se observa alguna evidencia de abandono entre ellas.

Lo que sí está narrando este nuevo trabajo es que, para unos pocos centímetros de profundidad de sedimento en los que se incluyen estos fuegos y demás materiales asociados, ha pasado un tiempo considerable, de al menos 200 años. Normalmente, en este tipo de conjuntos suele asumirse que los materiales son sincrónicos o de momentos muy cercanos en el tiempo, y esto tiene implicaciones importantes a la hora de comprender el comportamiento humano, tal vez de forma sesgada, como si se tratara de un único grupo cultural y una práctica. Hasta ahora, no se tenía una evidencia cuantitativa del tiempo que podría estar promediado en este tipo de depósitos con tanta precisión.

Agradecimiento: a Ángela Herrejón, por la información facilitada.

Referencia: Herrejón-Lagunilla, Á., Villalaín, J.J., Pavón-Carrasco, F.J. et al. (2024). The time between Palaeolithic hearths. Nature.  Sigue leyendo