El origen de la tecnología lítica en la evolución humana despierta un gran interés. Los hallazgos, cada vez más antiguos y complejos, indican que su fabricación no se restringió a nuestro género Homo. Algunos podrían asociarse con ciertos parántropos y australopitecos que coexistieron con los primeros humanos. Sus manos presentan adaptaciones que los acercan a la destreza manual humana mucho más que a la de otros primates. Microcharla impartida para el Club de Ciencia Boadilla el 14 de noviembre de 2025.
Reflexiones
Mamás erectus y la hipótesis de la abuela
La crianza humana no solo es una cuestión de cuidado, sino también de energía. A lo largo de la evolución, los cambios en cómo crían los humanos y quién colabora en esa tarea han tenido profundas consecuencias biológicas y sociales.
El coste energético de tener descendencia se reduce significativamente cuando los patrones reproductivos humanos adoptaron períodos de lactancia más cortos y menores intervalos entre nacimientos. ¿Comenzó este patrón en los primeros Homo? Aiello y Key (2002) concluyen que, para hacer posible el acortamiento de la lactancia y del intervalo intergenésico (entre nacimientos), y cubrir el requerimiento energético de un cuerpo mayor respecto a los australopitecos, en los primeros humanos debió producirse un cambio fundamental en el comportamiento de subsistencia, que involucrara una dieta de mayor calidad y la cooperación intergeneracional en la adquisición de alimentos.
Las autoras centraron su análisis en los requerimientos energéticos de la gestación y la lactancia, así como en sus implicaciones sobre el tamaño corporal y la disminución del dimorfismo sexual en los australopitecos, Homo erectus y Homo sapiens, examinando patrones de actividad, masa corporal e historias de vida de primates actuales. De forma similar a lo que ocurre en distintos estudios paleoantropológicos, se suele asumir que los australopitecos tenían un patrón reproductivo más próximo al de los chimpancés actuales, mientras que el de H. erectus sería más próximo al de los humanos modernos.
Este escenario evolutivo habría sido un importante motor en el origen de la organización social, basada en la división económica del trabajo y la cooperación de otros individuos, como subadultos, mujeres de mayor edad (lo que lleva a la famosa hipótesis de la abuela, que veremos más abajo) y otros miembros del grupo.
Aiello (2025) ha actualizado recientemente este análisis apoyándose en los últimos desarrollos en investigación del coste energético, y concluye que las interpretaciones originales siguen siendo válidas, aunque los parámetros de modelado se han ajustado conforme a estudios más recientes sobre el aumento del tamaño corporal y cerebral y la evolución del comportamiento de subsistencia cooperativa.
Aunque existe una gran variación en el tamaño corporal de las primeras especies de Homo, la tendencia general es el incremento, y H. erectus tiene un tamaño promedio mayor que los australopitecos y los primeros representantes del género Homo. No está claro por qué se produjo este incremento en el tamaño corporal de los homininos, lo que resultó en mayores costes diarios de energía, pero se han propuesto diversos factores influyentes, como la termorregulación y el equilibrio hídrico, la eficiencia locomotora, la longevidad y la historia de vida, el crecimiento cerebral y la capacidad de madres más grandes de suministrar más energía a descendientes con cerebros mayores.
Sigue leyendoReescribiendo la evolución humana
¿Cuántas veces hemos oído que un hallazgo obliga a reescribir la evolución humana? Viajemos a nuestras raíces, exploremos los descubrimientos de los últimos años y veamos qué cambia —y qué permanece— en el relato de nuestra historia evolutiva.
Grabación de la conferencia impartida para el Club de Ciencia Boadilla el 5 septiembre 2025.
¿Por qué somos la única especie de hominino con frente vertical?
Una de las características más llamativas de Homo sapiens es nuestra frente alta y vertical. La combinación de una serie de rasgos nos distingue frente a otras especies humanas, tales como el cráneo globular, la mencionada frente, el arco superciliar reducido o ausente, la cara retraída, la fosa canina y el mentón pronunciado.
El hueso frontal refleja patrones evolutivos de las poblaciones del Pleistoceno, de forma que H. erectus y H. neanderthalensis tienen frentes inclinadas y toros supraorbitales prominentes, mientras que H. sapiens presenta una frente más vertical y una reducción significativa del torus. Curiosamente, las variaciones suelen ser más evidentes en los laterales del hueso frontal que en su región media.
La evolución de nuestro frontal vertical se ha relacionado con distintos factores, como una combinación de cambios en la base craneal, el crecimiento cerebral y el desarrollo posnatal en nuestra especie.
Cambios en el esfenoides y en la flexión de la base craneal
El esfenoides es el hueso central de la base del cráneo, a partir del cual crece la cara hacia adelante. El acortamiento del esfenoides en nuestra ontogenia, en comparación con el de otros homininos, fue visto desde hace tres décadas como causa de la retracción facial y de una configuración craneal más globular, con un aumento del ángulo entre la base craneal y la parte superior del cráneo. Sin embargo, aunque el acortamiento del esfenoides contribuye al cambio, es insuficiente por sí solo para explicar la totalidad de la transformación hacia una frente alta.
La flexión de la base craneal consiste en el proceso de curvatura que se produce particularmente en la interacción entre el esfenoides y el occipital. La sincondrosis esfeno-occipital es un punto de crecimiento cartilaginoso entre estos huesos, eje sobre el que descansa la biomecánica del cráneo, y juega un papel clave en esta reorganización. En H. sapiens, la prolongación del crecimiento de esta estructura durante la ontogenia permite una mayor adaptación a las demandas del crecimiento cerebral.
Una mayor flexión reduce la longitud de la base anterior, eleva la frente y facilita una reorganización más uniforme del volumen craneal, para alojar un cerebro más globular. El aumento relativo del volumen de los lóbulos temporales también podría estar relacionado con esta flexión, y tener un posible vínculo con funciones cognitivas y lingüísticas asociadas a estas regiones.
Desarrollo posnatal
Se ha observado en distintas especies una correlación entre las vías que sigue el desarrollo posnatal y la altura del neurocráneo. Comparado con sus antepasados, el género Homo experimentó una trayectoria única de desarrollo en la que retiene características juveniles en la etapa adulta, como proporciones neurocraneales elevadas. Especies como H. naledi y H. longi muestran un crecimiento negativo del neurocráneo respecto a la cara, un rasgo arcaico. Este punto de partida ontogenético cambia en H. sapiens. Es evidente que los neandertales y los humanos modernos alcanzan tamaños cerebrales adultos comparables a través de distintas trayectorias de desarrollo, en las evoluciones paralelas de estos linajes «primos».
La expansión del cerebro durante los primeros años contribuye a reorganizar la estructura craneal y al desplazamiento vertical de la frente. Por ejemplo, las fontanelas son espacios abiertos entre los huesos del cráneo que permanecen sin osificar durante los primeros años de vida. En H. sapiens, las fontanelas se mantienen abiertas por más tiempo en comparación con otras especies humanas. Este fenómeno facilita el crecimiento cerebral postnatal y permite un remodelado craneal que favorece la formación de una frente alta.

Reorganización cortical y crecimiento cerebral
El tamaño del cerebro de H. sapiens también importa. Con un volumen cerebral promedio de unos 1350 cc, nuestra especie supera en capacidad a la mayoría de los homininos arcaicos, salvo a H. neanderthalensis y a H. juluensis (denominación que viene a significar «cabeza enorme»). El cráneo juvenil de H. sapiens habría sido un motor de este mayor volumen cerebral relativo y de la frente más vertical, sin requerir un aumento absoluto de la masa encefálica.
En particular, la expansión de los lóbulos frontales genera una mayor demanda de espacio en la región anterior del cráneo. El lóbulo frontal no solo ha aumentado en volumen, sino que también ha sufrido una reorganización funcional, que incluye la elevación de la frente. Por ejemplo, la reconstrucción digital de los cráneos de Buia y Bodo muestra que la forma del frontal no depende exclusivamente del tamaño cerebral, sino de restricciones mecánicas y topográficas del cráneo. Esto afecta al desarrollo de áreas asociadas con la cognición avanzada en la corteza prefrontal.
Factores biomecánicos y tensión funcional
Finalmente, se ha propuesto que la disminución de las tensiones mecánicas en el cráneo también ha podido influir en la morfología de la frente. Las fuerzas generadas durante la masticación crean una presión que puede estar relacionado con el prognatismo facial marcado y la prominencia del torus supraorbital. En H. sapiens, la reducción del prognatismo podría haber reducido parte de estas tensiones, favoreciendo una frente más elevada. Sin embargo, también se ha relacionado el desarrollo del torus supraorbital con cambios en la relación espacial entre el neurocráneo y la cara, más que a tensiones funcionales masticatorias o cargas musculares.
Sigue leyendoEl bifaz de West Tofts con una concha fósil centrada y alineada
¿Talló un neandertal este bifaz con una intención estética?
Conozcamos el bifaz o hacha de mano achelense de West Tofts (West Tofts handaxe, WTH). Seguramente, los lectores lo reconocerán por multitud de fotografías. Se bautizó con el nombre de la aldea de Norfolk (Reino Unido) donde fue descubierto en 1911. Su popularidad se debe a la conservación de una concha de bivalvo fosilizada en el centro geométrico del objeto. Su antigüedad, estimada entre el MIS 11 (hace 374-424 ka, miles de años) y MIS 9 (300-337 ka), es coherente con otros aspectos observados en relación a la evolución cognitiva de los homininos en este periodo. En concreto, los que ocupaban aquella región en ese momento eran grupos de neandertales o preneandertales.
Desde su primera descripción en 1915, numerosos textos han reconocido esta herramienta como tallada cuidadosa y deliberadamente para retener, enmarcar centralmente y enfatizar el fósil, destacando con ello su valor estético y artístico. No debemos olvidar que esta interpretación estética puede estar influida por el criterio de los humanos actuales que observamos la pieza, aplicando principios artísticos y de diseño como la composición, el equilibrio, las proporciones y el color. Pero, hasta qué punto el criterio de aquellos humanos podría ser diferente? Este tipo de cuestionamientos surgen también al interpretar el valor artístico de otras creaciones desarrolladas por humanos prehistóricos, como los grandes paneles de arte rupestre.
El bifaz de West Tofts no es el único artefacto que conserva una concha fósil dentro de su corteza, como veremos más abajo, pero nadie niega el carácter extraordinario de este objeto. Esta singularidad se debe a una combinación de aspectos que incluye el gran tamaño de la concha, la alineación del eje largo de la concha con la superficie del sílex, la falta de daño al fósil y su ubicación casi perfectamente central. Además, el bifaz conserva parte de la corteza del sílex en la mitad inferior justo por debajo de la concha, lo que también podría expresar una posible intencionalidad. Todo esto habría implicado una enorme pericia técnica por parte del fabricante para tallar el nódulo de sílex desde dos o tres direcciones conservando perfectamente la concha, dejarla ubicada en el centro, extraer lascas grandes y delgadas mientras conservaba intencionadamente la corteza y, previamente, haber pensado y planificado este objeto tan peculiar, incluso desde la misma selección del nódulo de sílex. Sigue leyendo
