El Pendo: un lugar de agregación, un lugar mágico

Situada cerca de Escobedo de Camargo (Cantabria, norte de España), la cueva El Pendo tiene una gran diferencia respecto al resto de cuevas cántabras: consiste en una única gran sala de impresionantes dimensiones, 22 m alto, 45 m ancho y 80 m largo. El aporte de agua se produce de forma transversal y no vertical, por lo que la cueva carece de espeleotemas.

Un derrumbamiento sucedido hace entre 9000-1500 años cambió su forma radicalmente. En la actualidad, varios metros del vestíbulo exterior están bajo rocas, donde antes estarían protegidos por una enorme visera, lugar en que se desarrollaría buena parte de la actividad humana. A pesar del derrumbamiento, el aporte de luz desde la boca de la cueva es actualmente notable, y sería mayor durante su ocupación en el Paleolítico.

De entrada, su forma, dimensiones e iluminación ya le dan a la cueva un carácter muy especial, algunos dirían mágico, que ayuda a entender las consideraciones que describiré en este post.

Cueva El Pendo, vista completa

Cueva El Pendo. Vista completa desde la verja de entrada, con el friso de las pinturas al fondo y el yacimiento hacia la mitad de la sala. Foto: eldiario.es

En el interior se han realizado intervenciones arqueológicas durante 100 años, desde finales del XIX hasta los años 1990s.

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Cuevas El Pendo y Las Monedas

En cada visita que hago al Museo de Altamira me suelo detener en alguna exposición o pieza en concreto. La pasada semana lo hice en las reproducciones de dos preciosos paneles de arte rupestre de las cuevas El Pendo y Las Monedas (en Cantabria, norte de España), inscritas por la UNESCO en la Lista del Patrimonio Mundial en 2008 junto con otras 7 cuevas cántabras.

El Pendo

La cueva El Pendo está situada a los pies de una gran dolina cerca de Escobedo. Su yacimiento arqueológico fue descubierto en 1878 por Marcelino Sanz de Sautuola, y la secuencia estratigráfica abarca entre hace 84.000 años y el 1.500 a.C.

El vestíbulo de entrada desciende hasta una enorme sala (80 m de largo, 45 m de ancho, 22 m de altura) donde se encuentra el yacimiento y el friso de las pinturas: son 24 figuras de animales (la mayoría ciervas, un caballo y una cabra) y varios signos (puntos, discos y líneas). El color es siempre el rojo y la técnica empleada también es homogénea: siluetas pintadas con líneas de puntos o de trazo grueso. Su antigüedad se estima entre 24.000-20.000 años.

Cueva El Pendo

Ciervas del friso de pinturas cueva El Pendo. Museo de Altamira. Foto: Roberto Sáez

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La cueva de Tito Bustillo

Breve historia

En 1968 un grupo de espeleólogos descubrió la cueva del Pozu’l Ramu, pronto rebautizada como Tito Bustillo. El hallazgo tuvo una repercusión enorme en los medios de comunicación e interés por visitarla. Las dificultades de acceso a la cavidad impulsaron la construcción de un túnel artificial de 175 metros para hacer un recorrido turístico, que se abre en el extremo opuesto a donde se encontraba el vestíbulo y el acceso prehistórico de la cueva, cegados por un derrumbe desde finales del Magdaleniense. Este túnel artificial asombra y probablemente sería imposible que hoy en día se llevara a cabo.

La cueva forma parte de un complejo kárstico, el Macizo de Andines, en el que existen otras cavidades. Todas ellas han sido excavadas por el río San Miguel, que discurre bajo el suelo actual de la cueva y sale a superficie a la altura del túnel artificial.

Cabeza de caballo Tito Bustillo

Cabeza de caballo presidiendo el Panel Principal. Cueva Tito Bustillo. Foto: Roberto Sáez

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Altamira: no todo son bisontes

Repetir visitas a museos hace redescubrir algunos pequeños tesoros en cada ocasión. El Museo de Altamira, además de tener una réplica exacta del gran techo de los polícromos, también expone una serie de reproducciones de paneles de arte rupestre de otras cuevas cántabras (tal vez lo más sorprendente del museo) y una selección muy buena de objetos prehistóricos.

De la neocueva ya escribí una presentación en otro post [ver aquí]. Hoy quiero destacar 5 piezas de distinta índole que me sorprendieron mucho en mi última visita (pinchar sobre las fotos para ampliar):  Sigue leyendo →

La vida y el arte en la cueva del Parpalló

La cueva del Parpalló es un abrigo natural formado por la disolución de roca caliza en el macizo del Mondúber, en la localidad de Gandía (España). Debe su nombre a una pequeña ave (parpalló o avión zapador, Riparia riparia) que anidaba en la pared de la entrada a la cueva.

Era un refugio de pastores y ganado hasta que en 1872 se hallaron los primeros materiales arqueológicos. En 1913 apareció el primer objeto de arte mueble, pero la cueva no se excavó por completo hasta los años 1929-31, en tres campañas sucesivas bajo la dirección de Lluís Pericot. Se excavaron 8,5 m de sedimentos.

Se han encontrado evidencias de ocupación humana desde el Gravetiense (23 Ka), con el periodo más intenso de ocupación en el Solutrense (21-15 Ka), que continuó en el Madgaleniense hasta hace 11 Ka.

La vida en la cueva

La cueva es una fuente de información importante para el entendimiento de la vida en la zona durante 12.000 años, que incluyeron el último máximo glacial (20 Ka):

  • Los grupos humanos se componían de unos 10-12 individuos. Eran nómadas, ocupaban la cueva de forma estacional.
  • La cueva está en una zona de tránsito entre el llano litoral y el interior montañoso, idónea para la observación de los grupos de grandes herbívoros que merodeaban en ambos lados.

Boca y entorno cueva del Parpalló. Foto: Roberto Sáez

  • Vivían de la caza especializada con propulsores y arcos, y de la recolección de plantas y frutos silvestres. Al final del periodo de ocupación humana de la cueva también aparecen restos de pesca (p.ej. arpones) y marisqueo (p.ej. conchas de moluscos).
  • Los animales más cazados eran ciervos, cabras monteses y conejos y, en menor medida, caballos y uros. Se trasladaban enteros a la cueva y allí se consumían, pero también se usaban técnicas de conservación natural como el fileteado y posterior ahumado, o el secado al aire libre. También se consumía el tuétano fracturando o hirviendo los huesos.

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