La resiliencia de los primeros humanos hace 2 millones de años

La resiliencia de los primeros humanos hace 2 millones de años

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La resiliencia es definida por la Real Academia Española como «la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos». Últimamente este es un término muy usado en distintos entornos (sanitarios, laborales, empresariales, etc.) para referirse a la readaptación de nuestras competencias individuales y de las estructuras sociales a circunstancias cambiantes que estamos viviendo.

Hace 2 millones de años, algunos grupos de homininos estaban desarrollando nuevas capacidades que iban conformando el paquete de «lo humano». Eran los primeros representantes de nuestro género Homo, pero por ahora no podemos descartar que otras ramas paralelas a nuestro linaje directo también adquirieran algunas de esas habilidades, como determinadas acciones de talla de herramientas, o el simple aprovechamiento de artefactos líticos u óseos como útiles, sin llegar a tallarlos.

Resiliencia es el término que me gustaría emplear aquí, para definir la capacidad que mostraron grupos de homininos que vivían en la Garganta de Olduvai de adaptarse a una sucesión de eventos hace 2 millones de años, que iban alterando e inestabilizando rápidamente su entorno, y por tanto los recursos naturales que tenían a su disposición. Eso sí, entendamos la palabra «rápida» en un contexto de tiempo geológico, ya que dichas modificaciones paleoambientales ocurrieron en un rango de unos 235.000 años.

El estudio que ha permitido documentar esta resiliencia, abarca el registro arqueológico y paleontológico encontrado en el sitio de Ewass Oldupa (localidad 63) durante 2018 y 2019, a lo largo de unos 15 m de depósito. En este trabajo se ha logrado correlacionar distintos datos paleoecológicos con las actividades humanas que afortunadamente quedaron recogidas en el registro del yacimiento. Se trata de la ocupación humana más antigua del lugar conocida por ahora.

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Cocción de alimentos con aguas termales hace 1,7 millones de años

Cocción de alimentos con aguas termales hace 1,7 millones de años

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El inicio del control del fuego es un tema muy debatido. Lamentablemente, un sedimento o unas piezas quemadas no siempre proporcionan la información suficiente para verificar su origen antrópico o natural, o el tipo de utilización que le dieron los humanos, o la continuidad de su aprovechamiento. Las primeras posibles evidencias de un fuego antrópico son muy antiguas, y entre ellas podemos mencionar las de Cueva Wonderwerk (Sudáfrica) de hace 1 millón de años (Ma), Cueva Negra (España) de 0,8-1 Ma y Gesher Benoth Ya’aqov (Israel) de 0,8 Ma. Sin embargo, no se suele considerar que hubo un uso continuado hasta sobrepasar el umbral de 0,5 Ma, y aun así, el debate es grande hasta llegar al linaje neandertal, en el que ya quedan pocas dudas sobre su capacidad para iniciar y usar extensivamente el fuego.

Y es que hablamos de un larguísimo camino evolutivo en el que tenemos que retroceder 1,7 Ma: por entonces los primeros humanos cambiaban sus hábitos alimenticios en el contexto de una amplia transformación donde, en general, algunos mantienen un modo de vida muy arbóreo (los habilinos), mientras que otros van tomando otras maneras totalmente distintas de adaptarse al medio (los erectinos). Durante esta evolución, el aprovechamiento de la médula ósea y el carroñeo oportunista se refuerza con la incorporación de la carne a su dieta.

La cocción de la carne fue un factor decisivo para el desarrollo del cerebro. Los humanos pasaron de reblandecer la carne «a palos», a darle un tratamiento térmico. Y cocinar la carne da un beneficio inmediato: mucho menos gasto de energía en su digestión. Hace 1,5 Ma aquellos humanos ya tienen una fisiología acostumbrada al consumo regular de carne. Por eso, encontrar evidencias antiguas de fuego antrópico es tan importante, así como entender hasta qué época y en qué regiones los usos eran oportunísticos y cuándo comenzaron a ser regulares. Las evidencias son controvertidas porque a nivel químico algunas no son totalmente robustas.

Uno de los estudios más interesantes que he leído en este trimestre nos abre los ojos a una nueva posibilidad: que hace 1,7 Ma existiera una fase de tratamiento térmico de los alimentos mediante aguas termales, muy previa al uso extensivo del fuego. Y es que para cocinar alimentos no hace falta estrictamente un fuego, sino una fuente de calor, y éste puede tener un origen geotermal. Esta técnica también la manejan por ejemplo pueblos de Japón y de Islandia desde hace cientos de años.

El trabajo de Ainara Sistiaga y otros colegas presenta el hallazgo en el sedimento del nivel basal del Lecho II de Olduvai (de 1,7 Ma, correspondiente al Achelense más antiguo), de lípidos producidos por bacterias hipertermófilas, que solo sobreviven en un entorno hidrotermal a partir de 85º C. Se trata de un hallazgo curioso, porque el origen del estudio no se enfocaba a buscar piscinas termales, sino a entender el paisaje y el clima del entorno achelense en Olduvai analizando los biomarcadores de plantas y animales. Los resultados muestran un ecosistema muy biodiverso en un contexto de pastizales de sabana, donde abundaban ríos alimentados por aguas subterráneas, vegetación acuática, arbustos de angiospermas y plantas comestibles. Sin embargo, también observaron unas marcas muy curiosas que normalmente habrían pasado desapercibidas, pero la experiencia del laboratorio en estudios sobre Yellowstone les ayudó a identificar, en distintas partes de aquel entorno achelense, características hidrotermales similares a las que se dan en el parque nacional norteamericano.

Según explica Sistiaga para este blog, hay evidencias de actividad volcánica en ciertas fallas que se reactivaron en aquel entorno de hace 2 millones de años, y que de hecho hicieron descender un poco la plataforma y facilitaron la entrada de corrientes fluviales en la garganta. Son procesos geológicos que pueden durar varios milenios, y normalmente se repiten en diferentes ocasiones. Esto plantea la interesante posibilidad de que aquellos procesos coincidieran con la presencia de homininos localmente y en distintas ocasiones, y no solo en Olduvai sino en otros puntos del Rift que tuvieron actividad tectónica e hidrotermal durante cientos de miles de años (de hecho, la sigue habiendo).

Lamentablemente, por ahora no podemos determinar directamente si los humanos utilizarían aquellas fuentes termales o, en tal caso, si el uso era regular. Las marcas de corte dejadas en los huesos de los animales consumidos no se alteran con el hervido, según nos indica Manuel Domínguez-Rodrigo, coautor del estudio, pero la asociación de estas fuentes hidrotermales con los yacimientos soporta la posibilidad del aprovechamiento de estos recursos. Sigue leyendo

Paleoantropología: novedades 3er trimestre 2020

Paleoantropología: novedades 3er trimestre 2020

Un trimestre más, aquí va mi recopilación de noticias sobre evolución humana, ordenadas por antigüedad de los materiales presentados. Son 22 esta vez:

  • Tengo debilidad por las revisiones de viejas colecciones de fósiles, en este caso 5 fragmentos mandibulares y 67 dientes recuperados en Lomekwi (Kenia) entre 1982-2009, y fechados entre 3,2-3,5 millones de años (Ma). Aunque en general son dientes pequeños, su morfología tiene similitudes con la de las especies que existían en el lugar en aquel momento, Australopithecus afarensis y Australopithecus deyiremeda, pero también les diferencia especímenes con un tamaño relativamente grande del P4 y del M3 en comparación con el M1, o con una cúspide molar adicional. Tampoco se puede comparar con Kenyanthropus platyops, porque los pocos dientes en el registro de esta especie además tienen mal preservadas sus coronas dentales [+info].

Crédito: Skinner, M. M., Leakey, M. G., Leakey, L. N., Manthi, F. K., & Spoor, F. (2020)

  • Una serie de biomarcadores de plantas y animales fósiles encontrados en un entorno achelense en Olduvai (Tanzania), muestran lípidos que producen bacterias en un entorno de aguas termales. Esto sugiere una interesante hipótesis de trabajo: la posible utilización de estas aguas por los homininos para hervir alimentos y plantas hace 1,7 Ma [+info].
  • Rompamos un poco la visión clásica de Homo erectus con cuerpos esbeltos y delgados, observando los huesos de las extremidades y de la pelvis. Comienza a haber evidencias de que Homo erectus no representa una emergencia completa de la morfología corporal moderna, sino que tenían un prototipo corporal distinto. El estudio de la reconstrucción virtual de la caja torácica del Chico de Turkana (1,53 Ma) indica que era más ancha, profunda y corta de lo que suponíamos y, de hecho, su forma se parece más a la de los neandertales que al tórax más largo y plano de los humanos modernos [+info].

Animación de movimiento de respiración de las costillas del Chico de Turkana y de un humano moderno. Crédito: Benoit Beyer.

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Reflexiones sobre el origen del Achelense: entrevista a Eduardo Méndez Quintas

Reflexiones sobre el origen del Achelense: entrevista a Eduardo Méndez Quintas

Recientemente tuve la oportunidad de entrevistar a Eduardo Méndez Quintas, investigador principal del conjunto de LCTs (large cutting tools) del yacimiento de Porto Maior (sobre este sitio escribí recientemente aquí). Eduardo es experto en el estudio del origen de la industria achelense en África y de su extensión por Europa, periodos apasionantes en la evolución humana. En relación con este tema, nos comparte para este blog las últimas novedades en su investigación actual.

En 2018 tuvo gran repercusión vuestra publicación en Scientific Reports sobre las LCTs de Porto Maior. ¿Cuál es la importancia de este trabajo?

Porto Maior tiene fundamentalmente dos niveles con evidencias de ocupación humana: el PM3 y el PM4. Por encima de estos, hay un depósito muy reciente, del Último Máximo Glacial, que tiene material retrabajado, que viene arrastrado y erosionado. El más conocido es PM4 porque tiene el conjunto de LCTs (Large Cutting Tools). Se trata de un tapiz increíble de piezas, con 10-12 bifaces por m2, en los 40 m2 que hemos excavado. Son materiales con talla muy parecida: muestran gestos que son iguales, pero también los bifaces resultantes son idénticos en varios casos. Pensamos que pueden estar hechos en un periodo relativamente corto y por un número limitado de personas.

Lo más interesante es que casi todas las piezas están acabadas. Las lascas y núcleos que se encuentran son material que está rodado, viene arrastrado con el sedimento. Lo que vemos es una acumulación de piezas acabadas, una especialización. Las piezas en sí mismas son aparentemente toscas y elementales, con un nivel de configuración bajo: pocos levantamientos, grandes y hechos con percutor duro. Fuera de África, salvo en Gesher (Israel), no hay ningún otro conjunto con una acumulación tal de LCTs achelense.

En África los yacimientos con grandes acumulaciones de bifaces son normalmente excluyentes con la presencia de fauna. Por ejemplo, colaboramos en la investigación del yacimiento Garba I en Melka Kunture (Etiopía), que fue excavado por Jean Chavaillon en los años 1960. Tiene una antigüedad de ~600 miles de años (ka) y en 240 m2 aparecieron más de 7000 herramientas, sobre todo bifaces. En este yacimiento se conservan restos de hipopótamo y otra fauna, pero son muy minoritarios en comparación con la industria lítica. Otro ejemplo lo tenemos en el sitio TK, que está en el Lecho II de Olduvai y tiene 1,3 millones de años (Ma): en el nivel llamado Lower Ocupation hay una acumulación muy densa de grandes configurados, más grandes que los de Porto Maior, mientras que en el nivel Upper Occupation hay restos de fauna (elefante, Sivaterio, etc.) junto con bifaces, pero éstos ya son de un tamaño más «normal».

Si los bifaces no se empleaban para el procesado de animales, ¿cuál pensáis que era el objetivo de esta acumulación?

Vamos a realizar estudios de traceología para intentar buscar respuestas. En los primeros que hemos iniciado, ya hemos visto que muchas piezas muestran un uso que sería compatible con el procesado de materiales duros, como la madera y el hueso, lo que nos hace pensar en el aprovechamiento de estos materiales.

Otra cuestión interesante a estudiar es que los bifaces no aparecen de forma homogénea en el sedimento, sino agrupados por clusters. En África, muchas veces los yacimientos tienen procesos sedimentarios que tienden a acumular las piezas. Aquí no tenemos un medio tractivo, así que las piezas están más o menos como se dejaron, lo cual ayuda a estudiar el trasfondo de ese comportamiento y utilización del espacio.

Hay quien propone una explicación para la acumulación de piezas en sitios africanos, planteando que las herramientas de formatos grandes y apuntados ayudarían para acceder a los conductos de termiteros en el suelo. Pero esta hipótesis es difícil de plantear en Europa, ya que no consta la existencia de termiteros en el Pleistoceno medio europeo. Otra idea de Richard Potts propone que los homininos usarían escondrijos en determinados puntos del paisaje africano, como remanente de piezas finalizadas para ser utilizadas en sus desplazamientos.

En cualquier caso, primero debemos validar la presencia de huellas de uso en todas las herramientas y, si el resultado es positivo, plantearnos el motivo. La hipótesis del taller para el procesado de madera podría funcionar, ya que conocemos herramientas en este tipo de material casos de esa antigüedad (Schöningen, Clacton…), que son puntuales porque la madera apenas se conserva, pero estamos seguros de que sería un material usado muy habitualmente.

Foto: LCT de Porto Maior PM4. Crédito: Roberto Sáez 

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Paleoantropología: novedades 1er trimestre 2020

Este último mes el gran protagonista ha sido la pandemia del COVID-19 y el confinamiento de los “animales sociales”. Sin embargo, las novedades en el conocimiento de la evolución humana no han cesado, y durante el primer trimestre se ha mantenido un buen ritmo de publicación de las investigaciones en curso. Resumo 21 de ellas, ordenadas de mayor a menor antigüedad del objeto de estudio:

  • Una nueva publicación sobre Little Foot, el esqueleto más antiguo de un australopiteco (3,67 Ma), procedente de Sterkfontein Member 2. La morfología de su atlas (primera vértebra cervical), en combinación con estudios anteriores, refuerza los signos de una rica vida arbórea de este individuo, mayor que la de australopitecos más recientes, así como un menor flujo sanguíneo hacia el cerebro que homininos posteriores [+info].

Crédito: Beaudet A, Clarke RJ, Heaton JL et al (2020)

  • Se ha estudiado la estructura trabecular (hueso esponjoso) de la epífisis proximal del fémur del espécimen StW 311 de Sterkfontein, fósil atribuido a Paranthropus robustus o un Homo temprano, que procede del Member 5E con difícil datación entre 1,1 y 2,18 Ma (según distintos estudios). Este hueso sugiere articulaciones de cadera muy flexionadas indicativas de una trepa habitual. Por otra parte, la misma estructura ósea del espécimen StW 522 (más antiguo que el anterior, atribuido a Australopithecus africanus, del Member 4 datado entre 2-2,8 Ma), muestra un patrón de locomoción más moderno. Esto refuerza la complejidad de la transición hacia el bipedalismo, y con una diversidad locomotora entre los homininos [+info].

Epífisis proximal de StW 522 y StW 311. Crédito: Matthew Skinner

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